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Le Piano Noir

Gabriel Velásquez
- Relato Completo -

— ¿Por qué te afliges mi pequeña Colette? Mírame, te sigo dando todo cuanto en tu vida has deseado. Profirió una voz suave, gentil, como si de un susurro del viento se tratase.

Colette era una mujer que pese a sus más de ocho décadas de vida, en su rostro apenas se asomaban los surcos del tiempo. Había vivido una vida digna de admiración y elogios por su voz. Una que la llevó a disfrutar de muchos viajes por el mundo, una que le dio a su primer y único gran amor. Una voz que ahora, en la habitación de su apartamento en París, sentada sobre su ansiado sofá victoriano de apremiante color carmesí, se ahogaba en silencio.

— No es que no quiera reunirme contigo, mi amor. Es que…

Colette hizo una pausa a su diálogo interno al notar la presencia del rayo de luna que entraba por su ventana. Se detuvo un momento a escuchar el silencio de aquella noche y de pronto se halló corriendo las cortinas de finas telas que hacía algunos años Pierre le había obsequiado sorpresivamente. Segundos más tarde, las corredizas que daban al balcón se deslizaron a ambos lados dando paso a la mujer. El brillo intenso de la luna llena le descubrió, tan bella como siempre. Sus cabellos níveos se encontraban adornados por dos trenzas que se entrelazaban para formar una sutil corona. Su piel tan suave y fresca, se regocijó al sentir las caricias del gran astro, y el brillo de sus ojos marinos se iluminaron al recordar el día en que aquella misma luna la había visto nacer.

— ¿Mamá, eres tú?

Indagó la mujer tras un suspiro. El recuerdo de su infancia, de aquellos momentos junto a su madre que le amó incondicionalmente. Cuando corría con los pies descalzos a trepar los árboles que enfilaban a la espera de que la pequeña niña decidiera por alguno de ellos, le cautivó tanto que se aferró al pasamanos del balcón como si de la vida se tratase. — ¡Lo siento Pierre, mi amor! Suspiró luego. Callando su agonía y abriendo paso al silencio de sus pensamientos.

A la distancia próxima, la ciudad mascullaba secretos nocturnos. Colette pensó por unos instantes en aquellos años de su juventud, en el tiempo en que su voz empezaba apenas a ser escuchada en los pequeños clubes parisinos. Cuando a pocas calles de su apartamento, había conocido a Pierre. — Pensar que todo fue debido a un sutil y agradable aroma a café. Exclamó con voz apenas audible la mujer que aún se aferraba con fuerza a la barandilla de su balcón. — Rue de Montorgueil, ¿Cómo olvidarlo? Recordó esa calle donde lo había visto por primera vez. Aquella tarde, un tanto más helada que las anteriores, ella había decidido tomarse un café y leer algunas pocas páginas de la lectura que la acompañaba, antes de presentarse en el club para su sexta actuación. Al entrar al acogedor bar observó en busca de un sitio tranquilo para disfrutar de sí misma. Segundos después de acomodarse y abrir su libro para continuar la lectura, la voz gentil, alegre y cálida de Pierre la inmutó:

— ¿Café con leche, o lo prefiere con un poco de licor? Preguntó él con una sonrisa amable. No le había quitado la mirada desde que Colette había atravesado el umbral de la cafetería.

— ¿Disculpe? Respondió ella tras un largo silencio y admiración por el joven que le había sorprendido. Le bastó pocos segundos para comprender que él sería el amor de toda su vida. Que él, era ese tipo de hombre que también lloraba, que gritaba desgarradoramente cuando le abandonaban.

— ¡De acuerdo, será con licor entonces! Se apresuró Pierre a tomar la orden comprendiendo sus sentimientos. Los mismos que ahora le invadían a él sin más, con toda la fuerza de un huracán. Le contempló por unos segundos más, le parecía aún más hermosa, tierna y sensual ahora que la tenía a pocos centímetros de él. —Con su permiso. Se excusó luego, apresurándose a traer el pedido.

Pocos minutos después Pierre regresó a su lado. Esta vez sin su delantal y con dos tazas de café en su bandeja de madera. Sirvió a Colette con elegancia y luego se sirvió mientras tomaba asiento frente a ella. — ¡Sal conmigo! Pronunció enseguida adornando sus palabras con su gentil sonrisa.

— ¿Sabes? Te iba a pedir lo mismo. Me alegra que hayas sido tú quien lo hiciera primero. Dijo ella correspondiendo a la sonrisa de él, humedeciendo luego sus labios con el café.

Desde entonces, vivieron sus días como siempre lo desearon. Él por su parte, se convirtió en un escritor reconocido y ella en una solista afamada. Donde existieran siempre disfrutaban de su compañía, sus besos y caricias. Nunca les hizo falta nada, ni siquiera unos hijos con quien jugar. Para ellos la vida era exquisita, digna de vivirla como ellos sabían hacerlo. Todo fue siempre perfecto, una línea de tiempo con una única ruptura; la muerte de Pierre hace apenas unos meses.

— No es que no quiera reunirme contigo, amor. Es que…

Colette interrumpió una vez más su diálogo interno. Se había percatado de que Molly, su vieja gata Maine Coon que vestía un aspecto grande, fuerte y rústico, le rozaba todo su níveo pelaje entre sus pantorrillas solicitando a son de maullidos alguna que otra caricia. Molly era la sexta generación en la vida de la mujer. Su primer gata le había sorprendido sobre su cama en su pieza de alquiler unos meses antes de conocer a Pierre. En un principio creyó que le pertenecía a alguien, sin embargo, nunca se separaron.

— Ven aquí pequeña. Dijo con los ojos vidriosos. Acercó una silla con igual aspecto victoriano, tomó entre sus regazos a Molly y empezó a acariciarle el pelaje mientras cantaba casi entre susurros:

Cuando esté muerta…

entiérrenme

en un piano negro como un cuervo.

Do re mi fa sol la si do

Cuando esté muerta…

…escriban debajo, como es debido:

“Ella hizo bien su número”.

Do re mi fa sol la si do

Cuando esté muerta…

…querrán entonces echarme al agua

al agua de un río o de un arroyo.

Do re mi fa sol la si do

Cuando esté muerta…

…si boga, boga mi piano

vendrán los pájaros a posarse en él.

Do re mi fa sol la si do

Vendrán los pájaros

a posarse en él…

…cuando esté…

…cuando esté…

…muerta.1

— ¡Lo siento Pierre! Perdóname por no acompañarte en tu última aventura. Sé que lo prometimos así en un principio ¿Pero cómo ganarle a la muerte, cuando ni siquiera un amor como el nuestro puede con ella? Y ahora…

Colette hizo una pausa tras notar el cuerpo inerte de Molly. Había expirado acurrucada en sus regazos, bañada de caricias generosas.

…tengo mie…

Su último suspiro fue interrumpido por un abrazo gentil y cálido. Ella lo supo al instante; su primer y único amor siempre estuvo ahí, con ella, entre sus recuerdos y el silencio de la noche.

_________

  1. Le Piano Noir – Barbara 1987.
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